Es un momento fascinante para el cine y la literatura. La llegada de Emerald Fennell al universo de las hermanas Brontë, de la mano de Margot Robbie y Jacob Elordi, promete una colisión entre la estética provocadora del cine contemporáneo y la oscuridad visceral de una de las novelas más perturbadoras de la historia.
Sin embargo, existe un error común al clasificar a Cumbres Borrascosas como una simple historia de amor. La única novela que Emily Brontë legó al mundo antes de morir a los 30 años es, en realidad, un tratado sobre la devastación, el resentimiento y una pasión que tiene más de incendio que de refugio. El estreno de su nueva adaptación en Argentina, dirigida por la audaz Emerald Fennell y protagonizada por la magnética Margot Robbie como Catherine y Jacob Elordi como el indómito Heathcliff, nos obliga a preguntarnos: ¿por qué este relato de 1847 sigue resultando tan peligroso y magnético para el cine actual?
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El secreto de un clásico: la belleza de lo incómodo
Para que una obra alcance el estatus de clásico, no basta con ser leída; debe ser capaz de incomodar a través de los siglos. Publicada originalmente bajo el seudónimo de Ellis Bell, la novela fue recibida con desconcierto y rechazo por una crítica que la tildó de vulgar e inmoral. Emily Brontë, resguardada en los lúgubres paisajes de Yorkshire, no buscaba complacer a los salones literarios de Londres, sino capturar la crudeza de la naturaleza humana.
Lo que Emily construyó no fue un romance idealizado, sino una ficción gótica donde el entorno —esos páramos asfixiantes y ventosos— es un personaje más. La importancia de volver a estos textos reside en su capacidad para hablarnos de temas que hoy nos parecen urgentes, pero que ella ya diseccionaba hace dos siglos: la violencia emocional heredada, el peso de las jerarquías sociales y la decisión de una mujer en un mundo diseñado para silenciarla.
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Cathy y Heathcliff: un vínculo más allá de la moral
La esencia de la historia reside en la relación entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, un huérfano rescatado de las calles que crece bajo el estigma del desprecio. Su conexión no nace de la cortesía, sino de una complicidad salvaje. Cuando Cathy elige casarse con Edgar Linton en busca de estabilidad y ascenso social, no solo traiciona a Heathcliff, sino a su propia identidad.
Heathcliff no regresa años después como el héroe de una comedia romántica, sino como una fuerza de la naturaleza cuya única brújula es la venganza. La genialidad de Brontë fue mostrar que el daño se transmite de generación en generación; el resentimiento de los protagonistas se convierte en una maldición que asfixia a sus descendientes. Es una advertencia sobre lo que sucede cuando el deseo se mezcla con el rencor y la sed de poder.
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La visión de Emerald Fennell con licencias para el siglo XXI
Entender a Emily Brontë es fundamental para juzgar la versión de Fennell. La directora, conocida por su estilo visual saturado y su narrativa disruptiva, se toma licencias creativas que buscan dialogar con la sensibilidad actual sin perder esa “incomodidad” que definió al libro. Al colocar a Margot Robbie y Jacob Elordi en este contexto, la película resalta la naturaleza casi surrealista de esta obsesión.
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La literatura clásica es importante porque nos permite ver que nuestras pasiones más oscuras han estado ahí siempre. Emily Brontë escribió desde el encierro y el duelo, bajo una firma masculina para ser escuchada, y logró algo que hoy vuelve a sacudir la pantalla: una obra que no pide perdón por su violencia emocional y que nos recuerda que, a veces, el amor más profundo es también el que más cerca está de destruirnos.
Por eso hay dos claves que disocian esta adaptación de su obra original: no es una comedia romántica ni tampoco un amor sexualizado como fue vendida en su presentación, sino todo lo contrario. Es una relación tóxica y destructiva que perturba, pero a su vez muestra una forma diferente de amar o de odiar con la mente incluso cuando el corazón dicta lo contrario.
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