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Los datos económicos de 2026: variables a tener en cuenta para decidir qué hacer con tus ahorros

El punto de partida no es anticipar “qué va a pasar”, sino identificar qué variables conviene mirar para entender hacia dónde podría moverse la economía bajo el actual programa del Gobierno nacional.
 

Déficit cero: la economía explicada como una billetera familiar
 

Uno de los conceptos centrales del plan económico es el déficit cero. Para explicarlo, Mamaní recurre a una analogía simple: si una familia gana 10 y gasta 6, tiene un excedente; si gasta 14, se endeuda. Con el Estado ocurre algo similar: recauda impuestos y afronta gastos como salarios, jubilaciones y servicios.
 

El objetivo del déficit cero apunta a que el Estado no gaste más de lo que recauda, evitando dos mecanismos habituales de financiamiento del déficit: la emisión monetaria, que suele presionar sobre la inflación, y el endeudamiento constante, que traslada el problema hacia adelante. Desde esta mirada, la sostenibilidad fiscal es una condición necesaria —aunque no suficiente— para dar mayor previsibilidad económica.

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Inflación y dólar: tiempos y expectativas
 

Otro eje del análisis es el vínculo entre inflación y emisión. Según estudios académicos citados por Mamaní, los efectos de dejar de emitir dinero no son inmediatos, sino que suelen verse con rezagos de alrededor de dos años. Bajo ese supuesto, el impacto pleno del programa iniciado a fines de 2023 podría reflejarse recién hacia mediados de 2026.
 

En cuanto al dólar, el enfoque es tratarlo como un precio más de la economía, determinado por la oferta y la demanda. Si hay muchos pesos y pocos dólares, el precio sube; si la cantidad de pesos se estabiliza y la economía genera más divisas, el valor tiende a otro equilibrio. Esto no implica una baja automática, ya que influyen factores como expectativas, política fiscal, exportaciones y acceso al crédito externo.
 

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Liquidez y solvencia: dos conceptos clave
 

Para explicar la situación financiera, Mamaní distingue dos conceptos que también aplican a la economía doméstica:
 

– Liquidez: capacidad de afrontar pagos inmediatos.
 

– Solvencia: capacidad de cumplir obligaciones en el largo plazo.
 

Una persona —o un Estado— puede ser solvente pero atravesar problemas de liquidez transitorios. En el plano macroeconómico, la acumulación de reservas apunta a fortalecer esa solvencia, lo que, en teoría, reduce el riesgo país. Si ese riesgo baja, el crédito suele abaratarse, aunque se trata de una relación posible, no automática.
 

Ahorro e inversión: cómo pensar las alternativas según el escenario que cada uno imagina
 

En el análisis, Mamaní plantea que no existe una única respuesta válida a la pregunta sobre dónde resguardar o invertir los ahorros, sino que todo depende del escenario que cada persona considere más probable. De manera didáctica, distingue dos miradas posibles.
 

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Por un lado, quienes confían en que el programa económico logre reducir la inflación y estabilizar las principales variables suelen mirar con mayor interés instrumentos en pesos que no ajustan por inflación, con la expectativa de que una baja sostenida del aumento de precios mejore su rendimiento real. En ese mismo marco, también aparecen activos más vinculados al crecimiento de la economía, como acciones de sectores que podrían beneficiarse de un contexto de mayor normalización, aunque asumiendo un nivel de riesgo más elevado.

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Por otro lado, quienes mantienen una postura más cautelosa o escéptica frente al rumbo económico suelen priorizar herramientas de resguardo, como activos atados al dólar o instrumentos que ajustan por inflación. En este caso, el objetivo principal no es maximizar ganancias, sino proteger el valor del ahorro ante la posibilidad de que las proyecciones oficiales no se cumplan en los tiempos esperados.
 

En ambos casos, el énfasis está puesto en que se trata de criterios orientativos, y que la elección final depende del perfil, los plazos y las necesidades de cada persona, más que de una receta universal aplicable a todos los hogares.
 

En todos los casos, se trata de criterios orientativos, no de recetas universales.
 

Cómo evaluar un plazo fijo

Entre las opciones más habituales, el plazo fijo aparece como una alternativa conocida. Para analizar su conveniencia, Mamaní propone un ejercicio simple: comparar la inflación anualizada con la tasa nominal anual (TNA) que ofrece el banco.
 

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El primer paso es observar la última inflación mensual y anualizarla. Por ejemplo, una inflación del 2,8% mensual equivale a cerca del 39% anual si ese ritmo se mantuviera. Luego, se compara ese número con la TNA del plazo fijo, que según datos del BCRA suele ubicarse por debajo en muchos escenarios. Si la inflación anualizada supera a la tasa bancaria, el rendimiento tiende a ser negativo en términos reales.
 

El objetivo no es validar ni descartar el plazo fijo, sino entender el contexto.
 

Qué dicen las proyecciones para 2026
 

Para contextualizar el escenario, Mamaní retoma proyecciones del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central. Allí, la inflación proyectada para 2026 ronda el 20%, mientras que el dólar oficial aparece cerca de los 1.750 pesos hacia diciembre.
 

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Estas cifras no deben leerse como certezas, sino como referencias de consenso del mercado en un momento determinado, sujetas a cambios según la evolución de variables clave.
 

El analista subraya que estas cifras no deben leerse como un pronóstico cerrado, sino como una referencia de consenso del mercado en un momento determinado, sujeta a cambios según la evolución de variables clave como la política fiscal, la acumulación de reservas, el acceso al financiamiento y el contexto internacional.
 

Desde una mirada doméstica, estas proyecciones sirven como marco orientativo para pensar decisiones de ahorro, consumo o endeudamiento, entendiendo que la economía no se mueve en línea recta y que los escenarios pueden modificarse con rapidez.
 

En definitiva, más que anticipar resultados, el ejercicio consiste en entender el tablero. Porque, aun sin bola de cristal, saber qué mirar ayuda a moverse con menos improvisación en un contexto económico que sigue siendo desafiante.

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